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El pulso invisible que define el siglo XXI

Las decisiones políticas y empresariales de hoy serán cruciales en el clima del mañana: las energías renovables, la digitalización y la eficiencia energética marcan el camino hacia un modelo más seguro y bajo en emisiones

Hoy en día la energía es una cuestión central del debate público que nos afecta a todos. Funciona como un termómetro del estado del planeta y, cada vez más, como un factor económico y geopolítico de primer orden, tal y como señala  la edición 2025 del World Energy Outlook elaborado por la Agencia Internacional de la Energía. Según el informe, las decisiones políticas que se adopten o pospongan tienen que ver con el calentamiento global hasta tal punto que puede llegar a incrementarse 3º o contenerse en torno al 1,65º. La diferencia entre una cifra y la otra puede contabilizarse en el número de ciudades costeras amenazadas, la prolongación de las sequías o la desaparición de ecosistemas, entre otros. La energía no es, en absoluto, una variable más en estas hipótesis, sino el eje sobre el que gira la respuesta climática. 

 

Este documento presenta varios escenarios en los que coincide un factor: la electricidad gana terreno a un ritmo desconocido hasta la fecha. Se calcula que en 2035 la demanda eléctrica habrá crecido alrededor de un 40% por su uso en la industria, los edificios y los servicios urbanos. Este crecimiento no es puntual ni casual. Es fruto de una transformación estructural en la que las energías renovables, especialmente la fotovoltaica, ocupan ya el centro del panorama energético. Mientras los combustibles fósiles continúan dejando una huella ambiental evidente, las renovables producen menos emisiones, además de mayor autonomía y una mejor estimación de sus costes. Así, la transición energética es mucho más que una obligación climática. Es una cuestión decisiva en lo relativo a estrategia, economía y seguridad. 

En este nuevo escenario, las energías renovables continúan su avance con determinación. La solar fotovoltaica destaca por su rapidez de despliegue y por una curva de costes que ha revolucionado el modelo energético tradicional. Comenzó siendo una apuesta de futuro que podía parecer arriesgada, pero a día de hoy está plenamente integrada como una tecnología madura y capaz de aportar volumen, estabilidad y competitividad. Su expansión tiene que ver con objetivos medioambientales, pero también con una lógica de eficiencia energética cada vez más evidente y consolidada.

 

Es cierto que los combustibles fósiles conservan un peso significativo, pero también que su huella es cada vez más difícil de ignorar. Tanto el aumento de la temperatura media anual como la intensificación de los fenómenos meteorológicos extremos como las olas de calor o las lluvias torrenciales y la presión sobre ecosistemas frágiles forman parte de las decisiones energéticas. El clima no es un factor externo, sino una pieza clave a la hora de calcular costes y riesgos a corto, medio y largo plazo. Así, la descarbonización es ya una prioridad estratégica para empresas y administraciones públicas. Alinear operaciones con los objetivos climáticos y con un marco regulatorio cada vez más exigente implica repensar completamente los modelos energéticos.

 

Y aquí es donde entra Veolia, que, con una trayectoria de más de 150 años, trabaja incansablemente para aterrizar esos objetivos climáticos en soluciones concretas y adaptadas a cada territorio

El enfoque de la compañía parte de una lectura amplia del sistema: combinar generación renovable, eficiencia energética y gestión digital para adaptar cada proyecto a las necesidades reales, reducir la dependencia de combustibles fósiles y generar un valor añadido en industrias, municipios y comunidades. En España, esta estrategia se traduce en una presencia extensa y diversa. Veolia gestiona 10.951 instalaciones que producen anualmente 2.713.000 MWh de energía eléctrica y térmica, con una reducción asociada de 179.000 toneladas equivalentes de CO₂. Solar fotovoltaica, biomasa, biogás, geotermia, redes de calor y frío, electrificación y soluciones de eficiencia energética conviven en proyectos diseñados para reducir emisiones y optimizar el consumo. Todas estas soluciones disponen del soporte de Hubgrade, el ecosistema integral de servicios digitales de la compañía que monitoriza datos complejos para transformarlos en decisiones inteligentes para la gestión sostenible de recursos.

El aprovechamiento de la biomasa forestal permite transformar residuos vegetales procedentes de limpiezas y podas en energía útil, al tiempo que reduce la acumulación de material combustible en los montes, uno de los factores que incrementa el riesgo de incendios. Veolia produce más de 300.000 toneladas anuales de este recurso avaladas con la certificación SURE, que garantiza el cumplimiento de los estándares europeos de sostenibilidad.

A diferencia de otras fuentes renovables, la geotermia no depende de las condiciones meteorológicas. Aprovecha el calor del subsuelo para suministrar calefacción, refrigeración y agua caliente de forma continua, lo que la convierte en una tecnología especialmente adecuada para edificios públicos, residenciales y del sector terciario. En 2025, Veolia  prestó servicio a más de un centenar de clientes de distintos ámbitos, evitando la emisión de más de 800 toneladas de CO₂ anuales. El impacto ambiental de estas instalaciones equivale a la absorción anual de unos 42.000 árboles. 

Las redes de calor y frío representan una de las soluciones más eficaces para descarbonizar entornos urbanos de forma colectiva. Veolia es uno de los principales operadores mundiales de este tipo de redes, con cerca de 600 sistemas en funcionamiento, más de 10.500 kilómetros de tuberías y una potencia instalada equivalente al consumo de nueve millones de viviendas. En España, la compañía gestiona redes que conectan a más de 600 edificios, con una capacidad de 200 MW de calor y 100 MW de frío. Estas infraestructuras suministran cada año 180.000 MWh de calor y 60.000 MWh de frío.

Es una de las tecnologías más competitivas del sistema eléctrico. Su capacidad para generar electricidad de forma descentralizada la convierte en una herramienta clave para avanzar hacia modelos de autoconsumo y autonomía energética. Las soluciones que Veolia lleva implementando en España desde hace más de 15 años en este sentido combinan generación fotovoltaica, sistemas de almacenamiento y herramientas avanzadas de gestión, adaptadas a las necesidades de industrias, empresas y edificios residenciales. Gracias a este enfoque, es posible reducir la dependencia de fuentes convencionales, mejorar la fiabilidad del suministro y estabilizar los costes energéticos. Actualmente, la compañía gestiona 283 MWp de potencia fotovoltaica en operación y mantenimiento. 

El frío industrial es un elemento esencial en sectores donde la continuidad operativa y el control térmico resultan críticos. La eficiencia energética y la fiabilidad del sistema tienen un impacto directo tanto en los costes como en la sostenibilidad de los procesos productivos. Veolia acumula más de cuatro décadas de experiencia en este campo especialmente en la zona norte del país, donde mantiene contratos estratégicos vinculados a industrias que requieren soluciones de refrigeración robustas y adaptadas a altos estándares operativos, como es el caso de la alimentaria o el sector naval. 

En España, Veolia cuenta con más de 30 años de experiencia en gestión energética y proyectos eléctricos con servicios que abarcan desde redes de distribución de media y baja tensión hasta la integración de energías renovables en las instalaciones ya existentes. La compañía trabaja en la sustitución de sistemas térmicos convencionales por tecnologías eléctricas de última generación, combinadas con procesos de digitalización para optimizar el consumo y la garantía de continuidad del suministro mediante servicios de emergencia 24/7, clave en sectores en los que cualquier interrupción energética tiene un alto impacto económico y operativo.

Parte del frío residual generado en la central de Enagás durante el proceso de regasificación de GNL no se pierde en la atmósfera, sino que se recupera y se introduce en una red urbana de calor y frío. A esta fuente se suma el calor producido a partir de la biomasa procedente de las podas urbanas de la ciudad. El resultado es Ecoenergies Barcelona, una infraestructura singular a escala mundial que convierte residuos y excedentes térmicos en energía útil.

 

El proyecto es fruto de una alianza público-privada entre Veolia España y el Ayuntamiento de Barcelona, a través de B:SM. La red suministra energía térmica descarbonizada para climatización, refrigeración industrial, calefacción y agua caliente sanitaria a viviendas, industrias y edificios públicos de Barcelona y parte de L’Hospitalet de Llobregat. Este proyecto ilustra cómo la transición energética puede integrarse 100% en la ciudad, aprovechar los recursos locales y reducir las emisiones sin alterar la actividad de la ciudad.

El Hospital Universitario Reina Sofía de Córdoba, con casi cinco décadas de actividad y una población de referencia superior a las 400.000 personas, es uno de los centros sanitarios más relevantes de Andalucía. Veolia ha llevado a cabo la construcción de una nueva central térmica de última generación y una instalación solar fotovoltaica de 11.500 metros cuadrados, lo que permite cubrir el 17% del consumo eléctrico del complejo con energía renovable.

 

La optimización del sistema se apoya en el ecosistema digital Hubgrade, que supervisa las instalaciones en tiempo real y garantiza su funcionamiento continuo. Los resultados son cuantificables: un ahorro energético anual de 81.000 kWh y una reducción de emisiones de CO₂ de 41.421 toneladas, una cifra equivalente a la absorción de todos los árboles censados en la ciudad de Córdoba durante dos décadas.

La transición energética necesita ser materializada con urgencia a través de infraestructuras concretas, decisiones técnicas y proyectos que ya funcionan y que son exitosos, como los dos ejemplos de Veolia que se acaban de exponer.

El desafío climático cada día marca más la hoja de ruta y ese camino se construye ahora, en el presente. Empresas, administraciones y territorios avanzan a ritmos distintos, pero con una misma premisa: producir y consumir energía de otra manera es clave para garantizar estabilidad, competitividad y resiliencia.

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