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Como cada 19 de noviembre, el Día Mundial del Saneamiento nos anima a reflexionar acerca del acceso y la protección de esta necesidad tan básica, conocer los proyectos que se llevan a cabo y avanzar en las tareas pendientes.
A pesar de que el saneamiento es un derecho humano reconocido por la Asamblea General de Naciones Unidas desde 2010, en la actualidad más de 3.400 millones de personas en todo el mundo –casi la mitad de la población mundial– carecen de acceso a servicios de saneamiento gestionados sin riesgos. Es por eso que, cada año, el 19 de noviembre se conmemora el Día Mundial del Saneamiento, una fecha clave para visibilizar su importancia para garantizar el bienestar, la dignidad humana y la sostenibilidad ambiental, así como para repasar qué proyectos se están llevando a cabo para preservar este derecho, y cuáles son los retos a los que nos enfrentamos en adelante.
“Siempre necesitaremos un retrete” es el lema con el que Naciones Unidas quiere reivindicar en esta ocasión la importancia de este elemento en todas las sociedades. Y es que seguramente no estemos prestando la atención que merece, sobre todo si tenemos en cuenta el cambio climático, la inversión insuficiente o la capacidad de resistencia de las infraestructuras, una combinación de factores que pone en jaque al saneamiento y, por lo tanto, el entorno y la vida humana.
La falta de un saneamiento adecuado implica que las aguas residuales puedan contaminar el medio ambiente (especialmente en zonas con alta densidad de población) y derivar en enfermedades transmitidas por el agua y la higiene deficiente. Los riesgos sanitarios se multiplican tanto en periodos prolongados de sequía como durante lluvias torrenciales y fenómenos extremos, como la DANA ocurrida hace un año en España.
El mensaje del cambio climático es contundente: necesitamos infraestructuras hidráulicas, pluviales y de saneamiento resistentes y capaces de adaptarse a los desafíos del futuro.
En España, los servicios de aguas urbanas se rigen por criterios de calidad que cada año se mejoran, pero sigue habiendo puntos débiles a enfrentar: en primer lugar, la recogida y tratamiento de aguas residuales, que, si bien cumplen en su mayoría, en las pequeñas poblaciones corren el riesgo de quedarse atrás; en segundo, la regeneración y reutilización del agua, para continuar avanzando hacia esa economía circular que no solo trate, sino que reutilice con garantías en otras aplicaciones como la agricultura; y, por último, la necesidad de invertir en infraestructuras para modernizarlas y hacerlas más resilientes frente al cambio climático.
La labor de los operadores adquiere un especial valor en este complejo escenario, ya que permiten combinar recursos, tecnología y experiencia para aportar soluciones eficientes. Es el caso de Veolia, referente a nivel mundial en servicios medioambientales de agua, energía y residuos, que suministra agua a más de 13,5 millones de personas repartidas en más de 1.100 municipios y trata una cuarta parte de las aguas residuales. De este volumen, un 14% se regenera y reutiliza: o bien vuelve al entorno, o bien se destina a nuevos usos.
El proyecto estrella de la compañía es su red de ecofactorías, un proyecto que está cambiando la manera en la que entendemos las depuradoras. Lejos de ser “simples” plantas de tratamiento, estas instalaciones están concebidas para actuar como ecosistemas circulares donde nada se desperdicia y todo se transforma. Su funcionamiento se apoya en cuatro pilares: regenerar y reutilizar el agua, valorizar los residuos, reducir el consumo energético mediante la producción de energía verde y minimizar el impacto ambiental promoviendo la biodiversidad. El resultado es un modelo que convierte la depuración de aguas residuales en una oportunidad para generar recursos.
Un buen ejemplo lo encontramos en la Ecofactoría BioSur de Granada, que ha logrado la autosuficiencia energética total: genera un 140% de la energía que consume y reutiliza casi la totalidad del agua depurada. Además, se valorizan prácticamente la totalidad de los lodos, arenas y grasas para su uso en agricultura o jardinería.
Otro referente es la Ecofactoría del Baix Llobregat, en Barcelona. Además de mantener el caudal del río en buenas condiciones, este agua se utiliza también para regar jardines y parques, así como para inyectarla en pozos subterráneos de la zona para frenar la intrusión salina y mejorar la calidad del acuífero.
Las aguas residuales contienen las huellas invisibles de lo que ocurre en nuestras comunidades: virus, bacterias, contaminantes químicos o restos de medicamentos que pueden dar la voz de alarma de amenazas para la salud pública. Conscientes de ese poder predictivo, la Agencia Ejecutiva Europea de Salud y Digital (HaDEA) ha puesto en marcha en 2025 una ambiciosa iniciativa dentro del programa EU4Health, destinada a construir un sistema de alerta temprana a escala continental. El objetivo es poder detectar con antelación esas posibles amenazas sanitarias, como puede ser una pandemia. Veolia es la compañía encargada de coordinar la monitorización de contaminantes y patógenos en los próximos tres años. Desde sus laboratorios en España, los diferentes equipos analizarán a lo largo de este periodo hasta 500 muestras procedentes de diferentes ciudades europeas, que, a su vez, se someterán a más de 500 análisis exhaustivos.
Este proyecto combina el expertise de la compañía tras más de una década monitorizando las aguas residuales de ciudades como Madrid, Barcelona y Sevilla, con la experiencia científica, la innovación y la capacidad operativa del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), el Centro Tecnológico del Agua (Cetaqua) y la Universidad de Santiago de Compostela.
Esta iniciativa tiene relevancia tanto a nivel científico como social. Por un lado, supone un avance decisivo hacia un sistema de vigilancia epidemiológica coordinado a nivel europeo, capaz de identificar brotes infecciosos o la aparición de nuevas variantes víricas incluso antes de que se reflejen en las estadísticas clínicas; por otro, introduce una herramienta de salud pública más equitativa y eficaz, que permite a las autoridades anticipar respuestas, reforzar recursos y proteger a la ciudadanía.
Para la Unión Europea, la lectura sistemática de las aguas residuales se ha convertido en un indicador clave de la salud de las poblaciones. Este enfoque no es nuevo, pero sí lo es su alcance continental y su estandarización metodológica, que por primera vez permitirá comparar datos entre países y generar una visión integrada del estado de salud en Europa.
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