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LA REAL FÁBRICA DE ARTILLERÍA DE SEVILLA

Una joya industrial
que renace
como espacio cultural

Con la rehabilitación de este Bien de Interés Cultural (BIC), Ferrovial ha conseguido rescatar tres siglos de historia y devolver a los sevillanos un símbolo de su patrimonio

Han hecho falta dos años y medio de trabajos diarios y un equipo de más de cien profesionales, pero, sin duda, ha merecido la pena: la Real Fábrica de Artillería de Sevilla, situada en el castizo barrio de San Bernardo y considerada patrimonio industrial y Bien de Interés Cultural (BIC), ha renacido para alojar el nuevo Centro Magallanes ICC. Es el resultado de un complejo proyecto que ha sabido combinar el rigor técnico con la sensibilidad artesanal para recuperar la esencia de tan emblemático edificio.

El espacio

De fábrica militar a icono patrimonial

Concebida para albergar un enorme horno de fundición y múltiples talleres, la historia de la Real Fábrica de Artillería de Sevilla está estrechamente ligada al impulso modernizador del rey Carlos III. Aunque su origen se remonta a 1565, cuando el fundidor artístico Juan Morel comenzó a fabricar armamento de forma continuada, alcanzó su esplendor bajo el reinado del monarca, en 1782, como una de las principales fábricas militares del país.

Su diseño responde a los principios de la arquitectura ilustrada y a la necesidad de disponer de un espacio de grandes dimensiones para ubicar tanto el horno como los talleres de producción.

Se hizo bajo una estricta lógica funcional: una cuadrícula continua compuesta por módulos de cuatro pilares unidos por un sistema arquitrabado y cubierto por bóvedas vacías cuyas proporciones se ajustaban al tamaño del horno central.

De esta fábrica salieron infinidad de piezas de artillería y cañones de una sola pieza –famosos por su precisión y resistencia–, pero también otros elementos que trascienden al ámbito militar, como las puertas y los suelos de las zonas más nobles del complejo, la veleta en forma de soldado de artillería del siglo XVIII, conocida como “El Miguelete”, y los leones que custodian la entrada del Congreso de los Diputados.

El reto

Intervenir sin borrar su historia

Intervenir en un edificio BIC implica el delicado equilibrio entre la conservación y la renovación. El equipo de Ferrovial y Heliopol, responsables de la intervención, asumió desde el principio la máxima de “escuchar al edificio” para rescatar esas huellas del pasado y reintegrarlas de la manera más orgánica posible.

Han sido más de 30 meses con una media de 100 personas trabajando a diario en una rehabilitación que ha requerido una gran capacidad de respuesta y adaptación sobre la marcha. “El edificio nos ha ido mostrando muchas cosas que no eran lo que parecían. Una gran parte de la solución final ha ido surgiendo conforme se iban avanzando los trabajos”, explica Alfonso Muñoz, especialista en BIC y uno de los jefes de obra de Ferrovial, que se refiere a este proyecto como un organismo vivo. Su compañero, José Antonio Muñoz, también jefe de obra de Ferrovial, coincide con esta descripción: “Estos proyectos son de una muy alta complejidad e irrepetibles. Te encuentras situaciones y elementos que nunca vas a volver a ver en toda tu carrera, pero que nos forman en la manera de pensar y actuar ante determinadas situaciones”.

El resultado

Equilibrio entre innovación y memoria

El proyecto se planteó como una manera de devolver la vida a una estructura única: “Cada teja se convirtió en un tesoro”, recuerdan los jefes de obra, y no solo por su valor patrimonial, sino porque conseguir piezas similares a las originales requirió de muchas pruebas, moldes y un trabajo prácticamente artesanal. La idea era restaurar sin dañar e innovar sin borrar la huella del tiempo y, en esta ecuación, tener en cuenta la seguridad tanto del personal como del propio edificio y las temperaturas extremas de Sevilla, que obligaban a ir adaptando los horarios de trabajo. 

El desmontaje de la antigua cubierta fue un ejercicio de precisión y paciencia: buena parte de los materiales se encontraban en un estado muy precario, pero se pudieron recuperar y restaurar partes para darles una segunda vida. Y así, mientras el techo desaparecía, los muros quedaban a la intemperie protegidos por lonas, en un proceso delicado, casi quirúrgico, donde cada paso buscaba ese equilibrio entre la conservación de su valor histórico y la necesidad de garantizar la estabilidad estructural.

Uno de los grandes desafíos del proyecto llegó con la instalación del lucernario, que exigió diseñar un carro móvil de estructura tubular capaz de desplazarse sobre los perfiles metálicos para montar los vidrios del tragaluz en pendiente. Este ingenioso sistema, diseñado ad hoc, permitió trabajar con seguridad sobre una cubierta inclinada más de 30 grados, garantizando así tanto la estanqueidad como la preservación de los elementos originales.

En el extremo opuesto del edificio, mientras tanto, se ganaba espacio: la excavación de nuevos sótanos de hasta seis metros de profundidad mediante la técnica del batache permitió hacerlo junto a los cimientos originales sin comprometer la estabilidad del edificio. Gracias a este sistema se han recuperado 2.594 metros cuadrados para acoger el corazón técnico del complejo.

El futuro

La nueva vida de un símbolo sevillano

La rehabilitación de la Real Fábrica de Artillería de Sevilla no es solo una obra de ingeniería: es una lección de respeto por el patrimonio. A partir de ahora, quienes crucen las puertas del antiguo complejo podrán apreciar el resultado de una obra meticulosa, donde se nota cada detalle.

Y es que, con este ambicioso proyecto, se ha devuelto un símbolo a la capital hispalense que, en adelante, albergará el nuevo Centro Magallanes ICC (Industrias Culturales y Creativas), una propuesta conjunta de España y Portugal para impulsar la cultura y la innovación.

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