
Sabadell: Negocios para siempre
“Negocios para siempre” es un proyecto que trata de reconocer algunos de estos negocios que representan una forma única de tratar el producto que manejan y relacionarse con sus clientes.
Powered by
En un mundo tan digitalizado como el que vivimos en el siglo XXI, el olor a papel cuando abrimos un libro encuadernado sigue evocando en muchas personas recuerdos y sensaciones que no se transmiten a través de una pantalla.
La encuadernación es un arte que se sigue aplicando en libros, cuadernos o álbumes de fotos. Y, para que sea posible, hacen falta muchos y diversos materiales, como cueros, papeles, selladores o prensas.
En la calle de las Fuentes, a escasos metros de la calle Arenal y en pleno corazón de Madrid, se encuentra un negocio que parece desafiar el paso del tiempo y las modas: Amillo. Desde 1890, y sin haber cambiado jamás de local, este comercio ha sido testigo de la transformación de la ciudad y de los oficios que le dan vida. La fachada, discreta y ajena al bullicio turístico que inunda la zona entre Ópera y la Plaza Mayor, esconde un universo de materiales, herramientas y saberes que han convertido a Amillo en una auténtica leyenda entre los amantes de la encuadernación artesanal.
Esther Maroto, una de las actuales propietarias, reconoce sin tapujos que, si no el más conocido, sí es el negocio que más nombre tiene. “Servimos a toda España e incluso fuera de España también tenemos nombre”, señala.
La tienda, que fue fundada por la familia Amillo y traspasada en 1975 a los Maroto con la condición expresa de mantener la actividad, es hoy un referente nacional y europeo, tanto por la calidad de sus productos como por la fidelidad de sus clientes.
El catálogo de Amillo es abrumador. Pieles curtidas de manera artesanal, papeles pintados a mano, telas, herramientas de precisión, maquinaria, hornillos eléctricos, piedras de ágata, punzones, guillotinas, cizallas… “Todo lo que pueda necesitar para encuadernación, todo lo tenemos”, afirma Maroto. No hay improvisación en sus estanterías ni en la clientela: restauradores, encuadernadores profesionales, alumnos de escuelas especializadas y aficionados que buscan materiales únicos y asesoramiento experto. “La gente que viene no entra por curiosidad, viene a tiro hecho, sabe lo que quiere”, explica, mientras atiende a un par de clientas que preguntan por pieles específicas para sus proyectos.
La piel es la reina indiscutible del local. “La encuadernación original es con piel, desde luego. Luego han salido productos anexos de tela recubierta de papel y también plásticos, pero donde esté una encuadernación en piel…”, confiesa Maroto, con la convicción de quien ha crecido entre materiales nobles.
Eso sí, no todas las pieles sirven. “Tiene que ser curtida vegetal. La que proviene de vaca es muy dura y grande, la de cabra es más blandita y de calidad, la de oveja también se usa mucho”, explica entre algunas de las muestras que están en las estanterías.
Entre las joyas de la casa destaca la “pasta española”, un dibujo clásico realizado a base de óxidos, exclusivo de Amillo, teñido a mano en talleres de Castilla y Valencia. Cada pieza es única, irrepetible, y su tacto y olor evocan la tradición de siglos.
La encuadernación, que antaño era una necesidad cotidiana para empresas, instituciones y familias, ha mutado en un arte minoritario y exquisito. “Hace años era un boom, con los fascículos, con todos los documentos de empresas que había que encuadernar. Ahora todo eso se ha perdido, todo está digitalizado”, reconoce Maroto. Pero, al mismo tiempo, esto ha conllevado que la gente que encuaderna lo valore mucho más. «Es encuadernación de arte, igual que la fotografía: antes era una rutina, ahora es casi una obra de arte”, reflexiona.
Los encargos son menos, pero más especiales. Se restauran libros antiguos, se encuadernan ediciones limitadas, se personalizan álbumes y carpetas con papeles y pieles elegidas al detalle. ¿Qué opción le gusta más a una persona que, desde su infancia, se ha movido entre todo este negocio? “A mí me gusta una combinación de piel con papel, queda muy bonita. Por ejemplo, una piel azul con una guarda combinada, es precioso”, cuenta, mostrando algunos de los materiales que llenan los estantes.
La relación con los clientes es cercana y a menudo se prolonga durante años. No faltan las anécdotas. Incluso el Papa ha recibido trabajos realizados con materiales de Amillo, un detalle que Maroto recuerda con orgullo. “Aquí no hay exclusiva, pero sí tenemos materiales únicos. Por ejemplo, la pasta española solo se vende aquí”, insiste.
La transmisión del negocio es una historia de lealtad y continuidad. Los hermanos Amillo, solteros y mayores, vieron cómo el tiempo se les echaba encima y temieron por el futuro del comercio. Un cliente habitual, el padre de Esther Maroto, les propuso comprar la tienda, con la promesa de mantener la actividad y permitir al último de los Amillo seguir acudiendo cada mañana. Así fue hasta su muerte.
Hoy, los tres hermanos Maroto continúan al frente, con la esperanza de que la “savia nueva” mantenga el legado. “La intención es esa”, dice Maroto, sin grandilocuencia, pero con determinación.
El local, con su aire clásico y su mobiliario de otra época, ha resistido los embates de la especulación inmobiliaria. “Han venido a ofrecernos comprar el local para montar un restaurante, pero no estamos abiertos a eso. En principio, nosotros seguimos”, afirma. La ubicación, en pleno centro, es un reclamo tanto para turistas curiosos como para expertos que vienen de toda España y del extranjero en busca de un material concreto. “Por el nombre que tiene el negocio, la gente viene a comprar aquí”, asegura la responsable de Amillo, que también reconoce que “hay muchos turistas que vienen también, que les llama la atención.Y por el simple hecho de estar en el centro, pues la gente pasa mucho”, explica.
La tienda online ha ampliado el alcance de Amillo, pero la experiencia física sigue siendo insustituible. “A la gente le gusta venir, ver y tocar, pero sí que es verdad que como servimos a toda España, hay mucha gente de fuera de Madrid que no tiene esa posibilidad, con lo cual compra online”, reconoce Maroto. El contacto directo con los materiales, la posibilidad de comparar texturas y colores, el asesoramiento experto… todo forma parte de una experiencia que difícilmente puede replicarse a través de una pantalla.
Amillo no sólo vende materiales: también transmite el oficio. Desde hace años, el local cuenta con una escuela-taller donde se imparten cursos de encuadernación. “Hay cursos de mañana y tarde y a veces hasta lista de espera, dependiendo de los horarios. Viene gente que ha estado toda la vida interesada en los libros, pero que no ha tenido tiempo, y ahora, ya jubilados, se dedican a lo que les gusta, a encuadernar”, relata Maroto.
La escuela es un puente entre generaciones y un salvavidas para un oficio que, admite, “cada vez es más difícil de encontrar, porque se está perdiendo la profesionalidad de los trabajos antiguos”. La memoria de Antolín Palomino Olalla, uno de los más célebres artesanos encuadernadores de Madrid, sigue viva en la Escuela Taller que lleva su nombre, situada junto a la tienda y dedicada a perpetuar la tradición artesanal para las generaciones venideras.
En las vitrinas, junto a las pieles y papeles, se exhiben herramientas de bronce para marcar títulos en oro, tipos de letras, prensas conmemorativas del centenario (regaladas solo a los participantes de una exposición en la Biblioteca Nacional) y otros objetos que no tienen precio ni se venden. Son testigos mudos de una historia de resistencia y pasión por el trabajo bien hecho.
“Esto es bronce, se calienta, se marca y se pone el título del libro, para personalizar los libros de la biblioteca de cada uno”, explica Maroto, mostrando una prensa conmemorativa que solo poseen los participantes de aquella exposición. “Mucha gente ha venido y ha dicho que la quiere, pero esta no se vende, no tiene precio”.
El reconocimiento institucional ha llegado también en forma de distinción: el pasado verano, Amillo fue incluida en el selecto grupo de empresas centenarias reconocidas por la Comunidad de Madrid, apenas 150 en toda la región. La placa que acredita el estatus de comercio centenario luce en la entrada, como símbolo de una trayectoria que se mide en décadas y generaciones.
El día a día en Amillo es una mezcla de rutina y descubrimiento. Los propietarios, siempre al pie del cañón, han recurrido en ocasiones al apoyo de los bancos para superar momentos puntuales, pero nunca han perdido la fe en el oficio ni en la calidad como seña de identidad. “Mucho trabajo, mucho ánimo y para adelante”, aconseja Maroto a quienes quieran emprender en oficios tradicionales. La clave, insiste, es la profesionalidad y el amor por el trabajo bien hecho.
En un mundo en el que los libros parecen condenados a la obsolescencia y la tecnología arrincona los oficios artesanos, Amillo resiste. “Que siga la encuadernación como hobby y como arte, que la gente lo valore”, desea Maroto. Sin embargo, mientras haya quien busque una piel única, un papel pintado a mano o una herramienta de bronce para personalizar su biblioteca, habrá un lugar en Madrid donde encontrar todo lo necesario para mantener viva la tradición. Amillo, con su historia centenaria, su catálogo inabarcable y su vocación de servicio, sigue escribiendo su nombre con letras doradas en la memoria de la ciudad.

“Negocios para siempre” es un proyecto que trata de reconocer algunos de estos negocios que representan una forma única de tratar el producto que manejan y relacionarse con sus clientes.
Un proyecto de La Razón Content para