
Sabadell: Negocios para siempre
“Negocios para siempre” es un proyecto que trata de reconocer algunos de estos negocios que representan una forma única de tratar el producto que manejan y relacionarse con sus clientes.
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Vecinos y visitantes de Madrid tienen una parada obligatoria en la Ribera de Curtidores, donde todos los domingos tiene lugar El Rastro y donde antaño se reunían los oficios más antiguos gracias a su pendiente. En los números 16 y 37 de esta mítica calle se encuentra Hípica El Valenciano, un negocio centenario que ha sido testigo privilegiado de la historia viva de la ciudad.
Fundada en 1893, esta tienda no solo ha resistido el paso del tiempo, sino que ha sabido adaptarse, reinventarse y mantener intacta la esencia de un oficio que, en pleno siglo XXI, sigue siendo imprescindible para quienes viven la equitación como una pasión y un arte.
Román López, actual gerente y cuarta generación al frente del negocio, se mueve entre el mostrador y el taller con la naturalidad de quien ha crecido entre pieles, monturas y conversaciones de clientes que cruzan fronteras y generaciones.
“La tienda nació en el número 16 de esta misma calle, dedicada a la piel en bruto para profesionales. Hoy, además de ese local, tenemos otro en Curtidores 37, donde está el taller para el mantenimiento y reparación de sillas de montar, botas y todo tipo de artículos ecuestres. También hacemos botas y monturas a medida”, explica López, mientras el inconfundible aroma a cuero trabajado impregna el ambiente.
El Valenciano no es solo una tienda: es un taller donde se mezclan la tradición y la innovación. En sus estanterías conviven monturas inglesas de última generación, fabricadas con fibras y polímeros, junto a piezas clásicas que aún conservan la madera y el metal como antaño, amén de todo tipo de productos para los amantes de los caballos.
La tecnología ha transformado el sector, permitiendo una adaptación más precisa tanto al animal como al jinete, y Román López lo sabe bien. “Ahora las sillas de montar pueden personalizarse para hombre o mujer, y la rapidez de adaptación es mucho mayor. Pero el verdadero reto sigue siendo tomar bien las medidas al caballo. Un error puede provocar una lesión al animal, por eso la precisión es fundamental”, relata, consciente de la responsabilidad que implica cada encargo.
La clientela de El Valenciano es tan variada como fiel. Aunque un 60 o 70% de las ventas se destinan al extranjero, especialmente a Latinoamérica, el grueso de los clientes son particulares que buscan atención personalizada y soluciones a medida. “El boca a boca es nuestra mejor publicidad. Muchos vienen recomendados por padres o abuelos que ya confiaron en nosotros.
Otros llegan con fotografías antiguas, buscando reparar una montura o un cinturón que hicimos hace décadas. Esas historias nos emocionan”, confiesa el dueño del negocio, que prefiere mantener el anonimato de los clientes famosos que han pasado (y pasan) por la tienda. “Aquí todos son uno más. No usamos su imagen para hacer publicidad. Vienen porque saben que serán tratados con respeto y discreción”.
El día a día en El Valenciano es un ejercicio de equilibrio entre la venta de productos nuevos y la reparación de piezas que, en muchos casos, tienen un valor sentimental incalculable. “A veces nos traen botas o monturas que solo necesitan un pequeño arreglo. Ya no quedan zapateros de confianza y muchos clientes no saben dónde acudir. Nosotros seguimos haciendo esos trabajos, muchas veces sin cobrar, porque es un servicio que la gente necesita”, explica Román López, subrayando la vocación de servicio que ha sido clave para la longevidad del negocio.
Mantener un taller de estas características no está exento de dificultades. La falta de relevo generacional en los oficios artesanos complica la incorporación de personal cualificado. “Tenemos grandes maestros, pero se jubilan y cuesta encontrar jóvenes dispuestos a aprender el oficio”, detalla.
Pero, “por suerte”, uno de sus hijos se asoma ya como la quinta generación de este negocio. “Está tomando el relevo, sobre todo en temas de ropa y novedades. Pero mantener la continuidad no es fácil”, reconoce López, que valora especialmente el ambiente familiar que reina entre empleados y propietarios. “Aquí no somos números, somos personas con nombre y apellido. Muchos han entrado jóvenes y se han jubilado con nosotros”, manifiesta con orgullo.
El contexto del barrio es inseparable de la historia de El Valenciano. La Ribera de Curtidores, antaño epicentro del curtido de pieles y hoy arteria comercial del Rastro, es mucho más que un escenario: es parte de su identidad. “El barrio ha cambiado, pero sigue siendo un vínculo con la historia de Madrid. Aquí venían las reses, aquí se curtían las pieles. Nuestro negocio nació de esa tradición y sigue formando parte de ella”, explica Román López, que observa con cierta preocupación la desaparición de otros talleres y la presión de la competencia desleal en Internet. “Hoy cualquiera puede vender sin licencia, y eso hace daño a los que seguimos apostando por la calidad y la atención personalizada. Hay clientes que han recibido un ladrillo en lugar de una montura comprada online. La picaresca siempre ha existido, pero ahora es más difícil defenderse”, señala.
El negocio ha sobrevivido a guerras, crisis y transformaciones tecnológicas. Ha pasado por la Guerra Civil, dos guerras mundiales y los vaivenes de la economía global. “Eso marca mucho. Cada generación ha tenido que adaptarse a circunstancias muy distintas, pero siempre hemos cuidado mucho a nuestros clientes. No siempre acertamos, pero intentamos que el cliente esté cómodo y satisfecho. Cuando nos equivocamos, buscamos una solución”, asegura, atribuyendo la supervivencia del negocio a esa atención cercana y honesta.
La internacionalización, además, ha sido clave en los últimos años. “Trabajamos con muchos países de Latinoamérica: Argentina, Uruguay, México, Colombia… La mayoría de nuestros clientes son particulares, aunque también hay empresas que llevan años confiando en nosotros”.
Esta internacionalización supone también un reto en lo que a la gestión de pagos y cobros en diferentes divisas. El 90% de las transacciones internacionales se hacen ya por sistemas digitales, lo que ha agilizado mucho los envíos y los pagos.
Román López destaca también el papel fundamental que desempeñan los bancos en la gestión y supervivencia de un negocio como Hípica El Valenciano, especialmente en el contexto actual de internacionalización y digitalización. Según explica, “el banco es un elemento esencial para cualquier transacción internacional”. Aunque reconoce que muchos clientes de fuera de España pagan con efectivo, los envíos se hacen mediante sistema link o mediante sistema de pago por tarjeta. “En el 90% de los casos ya no se utilizan talones, un sistema antiguo que siempre daba un poco más de riesgo. En la actualidad, prácticamente en 24 horas se puede hacer cualquier transacción en cualquier lugar del mundo”, detalla, reconociendo que esta modernización ha beneficiado mucho a las empresas como la suya. Tanto que reconoce que el sistema de pago Link “ha sido lo mejor que podíamos tener” porque, entre otras cosas, les ha permitido agilizar tanto el cobro como el envío de sus productos. “Podemos estar enviando a cualquier lugar del mundo por nuestros sistemas de transporte en ocho días. Eso es muy importante, tanto para la empresa como para nuestros clientes”, subraya.
El abanico de servicios que ofrece El Valenciano va más allá de la equitación. Además de monturas y botas, restauran muebles, tapizan vehículos y realizan todo tipo de trabajos en cuero. “Cogemos todo lo que entra en el mundo de la guarnicionería. Desde restaurar una montura centenaria hasta cambiar la hebilla de un cinturón. Esos detalles son los que nos diferencian”, afirma López, que se resiste a compartir anécdotas públicas, pero reconoce que las historias más valiosas son las que se quedan entre las paredes del taller.
La tentación de vender el negocio siempre ha estado ahí, sobre todo en épocas difíciles. “Han venido fondos que nos han ofrecido comprar la tienda, pero para nosotros lo primero no es el dinero. Nos ganamos bien la vida y queremos que nuestros empleados, que son como familia, sigan con nosotros”, insiste Román, que observa con satisfacción cómo su hijo asume cada vez más responsabilidades. “Él lleva ya tres años manejando la empresa al 80%. Yo voy dando un paso atrás para que cuando decida retirarme, él tenga la fortaleza y experiencia necesarias”.
En un momento en que muchos negocios familiares sopesa cómo mantener viva la empresa, el consejo de este profesional para otros negocios familiares es claro. “No se puede forzar a nadie a continuar. Hay que dar opciones y dejar que cada uno decida. Si alguien coge el negocio por obligación, no dura mucho. Mi hijo ha decidido seguir adelante y disfruta con ello. Eso me llena de orgullo, como padre y como gestor”.
En Hípica El Valenciano, la herencia no es solo una cuestión de sangre, sino de vocación y de amor por un oficio que, en pleno siglo XXI, sigue teniendo mucho que decir en el corazón de Madrid. Entre monturas, botas y recuerdos, el tiempo parece detenerse en este rincón de la Ribera de Curtidores, donde cada cliente, cada reparación y cada historia forman parte de una tradición que se resiste a desaparecer.

“Negocios para siempre” es un proyecto que trata de reconocer algunos de estos negocios que representan una forma única de tratar el producto que manejan y relacionarse con sus clientes.
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