
Sabadell: Negocios para siempre
“Negocios para siempre” es un proyecto que trata de reconocer algunos de estos negocios que representan una forma única de tratar el producto que manejan y relacionarse con sus clientes.
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En el siglo XIX no todo estaba tan documentado como en la actualidad. Por eso, a veces no hay registros oficiales del día exacto del nacimiento de ciertas personas, obras o instituciones.
Algo parecido pasa con Seven by Francisco González, una joyería situada en pleno centro de Colmenar Viejo (Madrid), cuyos dueños señalan 1898 como el origen de su negocio, porque es cuando tienen plena consciencia de que su bisabuelo ya trabajaba en la zona.
Entrar en uno de los cuatro establecimientos que la firma tiene hoy en día es adentrarse en una historia de familia, tradición y modernidad que se adapta a los nuevos tiempos. Tras la zona de venta, repleta de joyas, relojes y reconocimientos, la trastienda deja ver el taller de relojería y joyería, donde se encuentran artilugios de los orfebres maestros de antaño pero también maquinaria de última generación, como impresoras 3D. Todo ello bajo la atenta mirada de tres de las generaciones vivas que han sostenido, y sostendrán, este negocio centenario.
El negocio, que hoy cuenta con más de cien años de historia, tuvo un origen humilde. Ignacio González Sieteiglesias, copropietario de FG1898 —con el nombre comercial Seven by Francisco González— recuerda que el fundador, su bisabuelo, recorría en bicicleta los pueblos de la Sierra Pobre de Madrid en busca de clientes a quienes ofrecer el servicio de reparación de relojes. “Era famoso por eso, porque iba con su bicicleta buscando relojes que reparar. Luego venía aquí, los arreglaba y se los devolvía”, rememora.
El negocio, que comenzó con la relojería como oficio principal, ha sabido adaptarse a lo largo de los años. De la bicicleta se pasó a la moto, y más tarde al coche, ampliando progresivamente el radio de acción de la firma familiar. Ignacio González explica que, a pesar de esa evolución, el espíritu sigue siendo el mismo: “Nuestro objetivo es ofrecer a toda esta población ubicada entre Colmenar, Soto, Manzanares y Miraflores un servicio de primera en reparación y fabricación de joyería, así como en la venta de productos a la vanguardia del sector.”
Esa modernidad también se refleja en la marca que, aunque mantiene el nombre del fundador, ha evolucionado hacia Seven by Francisco González. Con esta combinación, se busca transmitir el equilibrio entre “el joyero tradicional artesano y el desarrollo tecnológico que hoy existe”.
De hecho, González, maestro joyero, se refiere a sí mismo como un “friki” de las máquinas. Disfruta de su trabajo como quien juega una partida de PlayStation, rodeado de herramientas de última generación, impresoras 3D y soldaduras láser. Reflexiona sobre ese “momento mágico” que experimenta al ver la pieza terminada, pulida y lista para entregar.
La continuidad de la empresa recae sobre los hombros de los tres hermanos, aunque ahora sólo dos de ellos —Ignacio y Pablo— están al frente de la administración. Su padre sigue apareciendo por el taller, atento a que la tradición y los valores no pierdan filo. “Viene por aquí a revisar que no nos desviemos de la línea que él ha marcado, lo cual está bien”, sonríe nuestro interlocutor, quien añade que su padre mantiene la pasión por el que ha sido su oficio de toda la vida. Tanto es así que, como hobby, disfruta reparando relojes, “especialmente aquellos más estropeados, más oxidados y más golpeados. Le gusta restaurarlos y devolverles su buen funcionamiento otra vez”, confiesa Ignacio González con un orgullo que no disimula.
La convivencia diaria de los hermanos al frente del negocio supone también un equilibrio de puntos de vista complementarios. Pablo se encarga de que el engranaje diario funcione, mientras que Ignacio aporta una visión más amplia y a largo plazo. Esa combinación de esfuerzos, ese diálogo generacional, es lo que estructura la empresa en la actualidad. “Creo que lo mejor es una buena mezcla de distintos puntos de vista que se pongan en común y se lleven a cabo.”
Además, entre bastidores, ya se asoma la quinta generación de los González: un joven que empieza a asumir el legado y que algún día tomará las riendas. “Mi sobrino, el hijo de Pablo, ya está en el taller con nosotros. Ha estudiado joyería y está haciendo un buen trabajo”, confiesa Ignacio González.
Más conmovedor aún resulta para Francisco González, padre de los actuales gestores, ver a su nieto prepararse para tomar el relevo. “Es muy emotivo haber continuado la saga. Yo aprendí de mi padre, transmití el testigo a mis hijos, y ahora la historia llega incluso hasta mi nieto”, concede. Además, para el patriarca es una satisfacción ser conocidos en la zona por haber desarrollado su actividad “de forma bastante honesta”. Aunque reconoce que, pese a la evolución del nombre comercial, muchos aún lo conocen simplemente como “Paco, el relojero”. Tanto es así que, mientras hablamos con su hijo sobre la historia de este negocio centenario, aparece por la joyería, quién sabe si para reparar uno de esos relojes tan lastimados a los que aún le gusta mimar.
Mantener el negocio a flote en un mercado cada vez más cambiante no está exento de desafíos. Uno de los copropietarios de la joyería explica cómo hay dificultades que no se pueden eludir, como el coste de la materia prima, especialmente en épocas en las que el precio del oro alcanza récords históricos. “Esto hace que nuestro producto esté cogiendo un precio muy elevado y sea muy difícil fabricar u ofrecer piezas atractivas elaboradas con este material, manteniendo calidades y grosores que aporten no solo estética, sino también consistencia. Eso también es un hándicap”.
Además, la gestión y la seguridad de todas las piezas que atesora el negocio son aspectos clave. “Tenemos que asegurar todo el producto, tanto el nuestro —listo para la venta— como las piezas que los clientes dejan aquí en depósito para ser reparadas o restauradas”. Dado que los productos tienen un valor muy alto, “el seguro también lo es”, explica.
A ese contexto se suma la modernización de los sistemas de cobro, aspecto en el que los bancos juegan un papel decisivo. Ignacio González subraya que “el Banco Sabadell nos ha ayudado bastante. Tenemos algún TPV con el que te puedes ir al fin del mundo y pasar una tarjeta en tiempo real sin problema”, detalla, y pone en valor también “la gestión de devoluciones o de cualquier incidencia”, un aspecto en el que considera que la entidad “funciona fenomenal”.
La transformación del negocio también se refleja en la expansión de los puntos de venta y en la adopción de nuevas tecnologías. Ignacio González recuerda: “Antes solo teníamos una tienda en Colmenar Viejo y ahora ya contamos cuatro puntos de venta. La última la hemos abierto en Madrid, en la capital, en la calle Doctor Fleming 42”.
Pero, más allá de estos establecimientos físicos, este copropietario reconoce que Internet y los sistemas digitales se han convertido en herramientas esenciales para la supervivencia de las empresas familiares. “Hoy en día, cualquier empresario debería de tener formación en administración, gestión de empresas, marketing, e-commerce y nuevas tecnologías, además de ser un buen profesional en su sector. Para mí, eso hoy es básico”, concluye, a modo de consejo para quienes aspiran a que su negocio también sea centenario.
Pese a estos retoques de modernidad, hay cosas que, como el apellido de los dueños, permanecen inalterables al paso de los años. Son las joyas clásicas que nunca pasan de moda o que, en todo caso, siempre vuelven.
Ignacio González asegura que “cada día es una anécdota en el negocio; todos los días son diferentes, porque cada encargo, cada trabajo, es único. Estamos especializados en crear piezas exclusivas, y cada proyecto, de principio a fin, es como volver a empezar. Eso también es parte de lo divertido del oficio.” Desde piercings para partes del cuerpo innombrables, hasta coronas para la Virgen local y orfebrería religiosa restaurada para iglesias de toda España. Seven by Francisco González ha sido un testigo privilegiado de las emociones que envuelven a la joyería y la relojería artesana.
En la vitrina, entre alianzas, collares, pulseras, relojes y pendientes, González defiende la vigencia de las joyas que no pasan de moda. “Hay grandes clásicos que se vendieron y se seguirán vendiendo siempre, como el solitario de diamante o el pendiente de perla”. De hecho, la alianza clásica sigue siendo la más vendida. Aunque ahora “hay muchas alianzas de diseño”, este artesano cree que “no cumplen con la premisa de que deben durar para siempre, porque se deterioran con el uso. Cada vez más parejas están volviendo a la alianza clásica, que es imperecedera”.
Si es cierto que un diamante es para siempre, Seven by Francisco González demuestra que también hay joyas que, con el cuidado adecuado, pueden convertirse en un legado familiar capaz de perdurar más de cien años.

“Negocios para siempre” es un proyecto que trata de reconocer algunos de estos negocios que representan una forma única de tratar el producto que manejan y relacionarse con sus clientes.
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