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La Tierra envía señales, ¿las estamos escuchando?

Los últimos tres años hemos alcanzado temperaturas récord y hemos cruzado, al menos de forma temporal, el umbral del 1,5º que prometimos no superar. 

Cada 5 de junio se celebra el Día Mundial del Medio Ambiente, una efeméride que propuso la Asamblea General de las Naciones Unidas en 1972 en la histórica Conferencia de Estocolmo, la primera cumbre internacional que se dedicó explícitamente al planeta que habitamos. Así, cada año, un país ejerce de anfitrión para concienciar sobre la importancia de cuidar la Tierra. Este año, el foco vuelve a estar en el cambio climático y las señales que no podemos obviar. En esta ocasión, el país anfitrión es la República de Azerbaiyán y el lema una llamada a la acción sin miramientos: #PorElClimaYa. 

En 2015, los líderes del mundo firmaron el Acuerdo de París con una promesa solemne: mantener el calentamiento global por debajo de 1,5 °C respecto a la era preindustrial. Las cifras, que podían sonar a un tecnicismo climático, encerraban consecuencias significativas tales como ecosistemas dañados, glaciares en retroceso o el desplazamiento de millones de personas a consecuencia de las sequías o inundaciones. Estamos en 2026 y esa promesa pende de un hilo. El año pasado fue uno de los más cálidos registrados hasta la fecha, con una temperatura media de 1,47º por encima de los niveles preindustriales. No es una cifra aislada, sino una tendencia que parece que este año continuará. Según las previsiones de la Organización Meteorológica Mundial, la temperatura global subirá entre 1,34º y 1,58º este año. 

 

Es por eso que, con motivo de la celebración del Día Mundial del Medio Ambiente, Naciones Unidas hace un llamamiento a escuchar “las señales que la Tierra nos envía” y actuar unidos contra el calentamiento global. Esto va más allá de la reducción de las emisiones de carbono. Implica transformar los sistemas que sostienen nuestras economías: la gestión del agua, la energía y los residuos. Implica, en definitiva, reconstruir nuestra relación con el clima desde la base.

El sector privado está desempeñando un importante papel en estos procesos. Es el caso de Veolia, que ha convertido la transformación ecológica en el núcleo de su actividad. Su estrategia incluye garantizar la disponibilidad y calidad de recursos naturales esenciales como el agua, promover la economía circular (especialmente dando una segunda vida a los residuos) y reducir tanto la contaminación como la huella de carbono con el foco siempre en la “seguridad ambiental”, un concepto que señala la disponibilidad constante de los recursos que sustentan nuestra vida.  

 

¿Cómo está llevando a cabo esta labor? La compañía, que cuenta con un equipo de más de 18.000 personas, ha suministrado más de 1.139 hm3 de agua en España, lo que supone abastecer a unos 13,5 millones de personas en más de 1.000 municipios, ha tratado 1.280.910 toneladas de residuos, y ha evitado la emisión de 363.440 toneladas de CO2 equivalente. Se aprecia en estos datos que la respuesta de Veolia se articula en dos ejes complementarios e inseparables: la mitigación, es decir, reducir aquellas causas que provocan el calentamiento, y la adaptación, que incluye proteger a personas y territorios de las consecuencias que ya se consideran inevitables. 

Transformar residuos forestales, agrícolas y de podas urbanas en energía térmica y eléctrica cumple una doble función: reduce emisiones y contribuye al mantenimiento de los bosques, que son a su vez sumideros de carbono. En España, Veolia es el único gestor energético que integra toda la cadena de suministro de la biomasa. Más de 357.000 toneladas anuales de biomasa certificada con los más exigentes estándares de sostenibilidad abastecen ya a más de 1.440 clientes particulares

Por otra parte, su proyecto Ecoenergies Barcelona es pionero en recuperación y distribución de frío y calor para usos residenciales e industriales a través de redes urbanas. Esta infraestructura, puesta en marcha gracias a la colaboración con el Ayuntamiento de Barcelona, a través de BSM, aprovecha la energía residual y genera energía local, asequible y baja en carbono. 

Las plantas de reciclaje de plástico en Badajoz y Sevilla (especializadas en PET de contacto alimentario y en plásticos industriales, posconsumo y agrícola, respectivamente) trataron 130.000 toneladas de material el pasado año. Los residuos no reciclables se transforman en energía en instalaciones como el Centro Integral de Valorización del Maresme o el Centro de Tratamiento Las Lomas, en Valdemingómez. 

Es una de las tecnologías más punteras hoy en día, y en Veolia la están utilizando como tal: gracias a la geotermia, que utiliza el calor del subsuelo para proporcionar calefacción, agua caliente y refrigeración, en 2025 se evitó la emisión de más de 800 toneladas de CO2, el equivalente al que absorben 42.000 árboles durante un año.

De todos los efectos del cambio climático, la crisis hídrica es quizás la más inmediata y apremiante. Las sequías se alargan, los acuíferos se agotan y la competencia por el agua entre usos agrícolas, industriales y urbanos se intensifica. Garantizar el acceso al agua potable en cualquier circunstancia (lo que se conoce como «seguridad hídrica») es uno de los grandes retos actuales.

Algunas de las respuestas más innovadoras pasan por dejar de ver el agua residual como un pasivo y empezar a tratarla como un recurso. El modelo de las llamadas ecofactorías (instalaciones que transforman antiguas depuradoras en centros generadores de recursos) apunta directamente en esa dirección. La ecofactoría del Baix Llobregat en Barcelona, gestionada por Veolia, produce, en épocas de sequía, hasta dos metros cúbicos de agua regenerada por segundo, que se destinan a la recarga de acuíferos, el riego agrícola y urbano, y el abastecimiento industrial. En Granada, la ecofactoría BioSur genera cerca de 4 millones de kilovatios hora al año, lo que supera su propio consumo energético, todo un hito si hablamos de autosuficiencia energética.

En paralelo, la desalinización se ha consolidado como una eficaz solución para diversificar las fuentes de abastecimiento y blindar a las comunidades frente a sequías prolongadas. Gracias a los avances tecnológicos recientes, la eficiencia energética de estos procesos ha aumentado en un 85% al tiempo que ha reducido los costes operativos en un 90%.

Durante años, el cambio climático se ha tratado como una advertencia proyectada hacia el mañana. Hoy, en cambio, ya condiciona decisiones políticas, económicas y sociales del presente. La conversación ha dejado de girar únicamente en torno a cuánto aumentará la temperatura del planeta para centrarse en una cuestión mucho más concreta: cómo sostener recursos básicos como el agua, la energía o los alimentos en escenarios cada vez más extremos. La transición ecológica ya no se mide por los compromisos: se materializa en respuestas que tienen que ver con la gestión de residuos, la reutilización del agua o la generación de energía local desde un punto estratégico. 

 

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